La agricultura uruguaya se enfrenta a un escenario complejo, donde la escasez hídrica y los bajos valores de los cereales comprimen severamente los márgenes de ganancia. Con una nueva sequía mermando la producción, el sector atraviesa momentos difíciles, aunque se vislumbran algunas vías de resiliencia. Un informe de Blasina y Asociados, con fecha del 21 de febrero de 2026, destaca que los períodos estivales presentan desafíos crecientes para cultivos esenciales como la soja y el maíz. Las precipitaciones en la región sur del río Negro han sido tardías e insuficientes, lo que proyecta un panorama de estancamiento o pérdidas para los productores de soja y maíz en esta zona, nuevamente afectada por la sequía. Aunque la magnitud precisa del daño aún no puede cuantificarse con exactitud, ya se observa un nivel de perjuicio irreversible, estimándose pérdidas cercanas a los US$ 500 millones. La relevancia de esta adversidad es considerable, ya que impactará directamente en las exportaciones del país, la recaudación fiscal y el nivel de endeudamiento de los agricultores. Un productor con amplia experiencia en el cultivo de maíz, aunque ahora con acceso a riego, lamentó que «al sur del río Negro el agua fue tarde y poca». Se anticipa una disminución en las cosechas de maíz y soja para este año, un efecto que se sentirá particularmente en las regiones central y occidental ubicadas al sur del río Negro. Salvo contadas excepciones, esta situación ha provocado el abandono de vastas áreas, que en lugar de destinarse a la producción de grano, se convierten en forraje ensilado, generando pérdidas de rendimiento ya irrecuperables. **Arroz y trigo: la exigencia de la alta productividad** Paralelamente, los productores de arroz inician una zafra con mejores perspectivas productivas, aunque marcada por eventos de granizo y el vuelco de algunos cultivos maduros debido a los fuertes vientos. También se registró cierta falta de agua en áreas específicas, producto de la elevada evaporación característica de este verano. Si bien la productividad media no será mala, aquellos que arriendan tierras y agua necesitarán alcanzar rendimientos de cinco cifras, es decir, 10.000 kilos por hectárea, para cubrir sus costos y lograr un punto de equilibrio. La situación del trigo es igualmente desafiante. Para saldar las cuentas, será indispensable que la cosecha de otoño alcance rendimientos superiores a los 5.000 kilogramos por hectárea, un nivel significativamente mayor al de otras regiones productoras como Estados Unidos. En estos casos, el problema no radica en la capacidad productiva, sino en los altos costos operativos en Uruguay y los bajos precios internacionales, lo que eleva excesivamente el umbral de rentabilidad. Un porcentaje considerable de productores no solo alquila la tierra, sino también el recurso hídrico, y se ven obligados a continuar produciendo bajo la premisa de que «las deudas de grano se pagan con grano». Si los precios del arroz y el trigo no mejoran, la agricultura enfrentará un nuevo conjunto de dificultades, más ligadas al ámbito comercial que al productivo. **Señales de alerta para soja y maíz** En la agricultura de secano, la soja y el maíz vuelven a ser golpeados por la sequía, después de un 2023 que ya fue muy difícil, del cual el sector mostró una notable capacidad de recuperación. Si bien se espera que esta vez también logren sobreponerse, la recurrencia de estos eventos climáticos adversos enciende «luces amarillas». Las pérdidas actuales alcanzan una magnitud considerable. Esto es evidente tanto al compararlas con la zafra anterior, que disfrutó de lluvias abundantes y una frecuencia casi ideal para la mayoría de los cultivos, como al considerar la merma significativa respecto a los rendimientos potenciales esperados a principios de año. A medida que enero avanzó, la situación se deterioró, y al 20 de febrero, el panorama era desigual y, en algunas zonas, desesperante. Se estima que la producción de soja podría descender de los notables 3,9 millones de toneladas del año pasado a unos 2,9 millones de toneladas este año, o incluso menos, lo que implicaría una reducción de un millón de toneladas valorada en aproximadamente US$ 380 millones. Para el maíz, la producción máxima esperada sería de 1,5 millones de toneladas, o quizás más probablemente 1,3 millones, en contraste con los 2 millones de toneladas del año pasado. Si se logra sostener 1,5 millones, la pérdida se cuantificaría en unos US$ 100 millones. Al considerar también las pérdidas en ganadería y granja, la cifra provisional de US$ 500 millones parece una estimación razonable, siempre que las lluvias de marzo se normalicen, algo de lo que, por el momento, no hay indicios claros. **Veranos con crecientes riesgos** Las proyecciones climáticas, particularmente las relativas al fenómeno de La Niña, a menudo son subestimadas. Basándose en los datos disponibles en primavera, no debería sorprender que este verano haya sido caracterizado por altas temperaturas, intensa luminosidad y sequedad. Desde la segunda semana de enero hasta principios de marzo, las lluvias en el sur de Uruguay apenas lograron traspasar el río Negro, y lo hicieron de forma muy irregular. El calor ha sido intenso y se mantendrá así durante la primera quincena de marzo. La combinación de problemas productivos en soja y maíz, sumado a los precios muy bajos de trigo y arroz, coloca a la agricultura en una situación delicada, aunque con ciertos mecanismos de protección. Por ejemplo, la ganadería actúa como un piso para los precios del trigo, la cebada forrajera y el arroz, aunque el área destinada a estos cereales podría reducirse en las próximas siembras. Por otra parte, existen zonas, nuevamente al sur del río Negro, que han experimentado cinco primaveras y veranos con precipitaciones muy escasas. En términos tendenciales, los veranos son cada vez más riesgosos, particularmente en el tercio sur del país. Las lluvias que se originan en las zonas tropicales, aunque abundantes, pierden fuerza al avanzar hacia el sur. Desde Ombúes de Lavalle hasta Solís de Mataojo, pasando por Soca y otras localidades de Canelones, la recurrencia de la falta de agua ha llamado la atención incluso de los meteorólogos, generando un debate sobre las asimetrías en las lluvias de Uruguay en los últimos años y sus causas. **Frenos a las pérdidas: la resiliencia del sector** La merma en la producción de maíz ya está generando una zafra muy distinta a la anterior, que mantuvo un precio estabilizado y relativamente accesible, cercano a los US$ 200 por tonelada. En aquel entonces, la robusta demanda de proteína animal impulsó la demanda, y con la ayuda de lluvias y altos rendimientos, ambas partes obtuvieron buenos márgenes. El actual golpe a la producción maicera provocará un aumento en el precio del grano, lo que probablemente reducirá los márgenes de las avícolas y tambos, en caso de que mantengan precios similares a los del año pasado para sus productos. Sin embargo, el elevado precio de la carne vacuna asegura que se consumirá todo el grano disponible: maíz, trigo, cebada, sorgo y arroz. La ganadería se convierte este año en un pilar de resiliencia para la agricultura, estableciendo un precio base para el trigo y el arroz, y llevando el precio del maíz a la paridad de importación, lo que beneficia a los agricultores locales frente al precio internacional. Esto potencia la rentabilidad de los productores con riego que logren altos rendimientos, ya que, por el precio, podrían facturar considerablemente más que el ya muy buen resultado del año pasado. En la ecuación «precio por cantidad», mantener la producción estable en años de precios al alza representa una doble ventaja de rentabilidad y menor riesgo. Para quienes no tienen riego, esta situación, al menos, les ofrece una salida a un precio aceptable o bueno en el caso del maíz. Aunque los costos para el sector ganadero aumenten, nadie se quejará, ya que la ganadería en Uruguay disfruta de precios récord en prácticamente todas las categorías. Con el ganado de corral cotizando cerca de US$ 6 por kilo, el creciente sector de los corrales absorberá grandes volúmenes de maíz, como es habitual, y muy posiblemente un récord de trigo y arroz en el mercado interno. Con un precio de novillo gordo que se paga a US$ 3,10 por kilo (es decir, US$ 3.100 la tonelada), se pueden costear entre 15 y 17 kilos de trigo o arroz, que se pagan a US$ 180 la tonelada; así, los granos se incorporan a la dieta animal en el mayor volumen posible. Esto es impulsado en parte por la industria, que busca agilizar los ciclos para aprovechar al máximo un momento excepcional del mercado internacional. En consecuencia, es de esperar que la demanda de granos para alimentación animal se amplíe y diversifique como nunca antes, dado que una tonelada de maíz terminará costando al productor entre US$ 80 y US$ 100 más que una tonelada de trigo y arroz. «Se ha formado una alianza entre ganadería y agricultura que beneficiará a ambos rubros», explicó el agricultor Hugo Zurbrick. Si la ganadería consume un millón de toneladas de maíz, estará aportando a los maiceros US$ 50 adicionales por tonelada, sumando US$ 50 millones. La agricultura de secano se transforma en proteína, generalmente dentro del mismo predio. Existe una tercera fuente de resiliencia: los buenos precios de los aceites, que permiten excelentes resultados en girasol, una leve mejora en el precio de la soja y la promesa de márgenes en invierno a través de las «tres C»: colza, carinata y camelina. Esto ha significado una ligera subida para los precios de la soja, de US$ 360 a US$ 380 por tonelada. Otro factor de resiliencia es el mayor rendimiento obtenido gracias a la mejora genética del maíz y el creciente uso del riego. Se observan productividades aceptables incluso en zonas con escasez de agua. «Se ven chacras de maíz de 5.000 a 6.000 kilos, lo que demuestra que la genética del maíz ofrece respuestas también en años adversos», explicó el agricultor y regador Daniel Rubio. La adversidad que implica la ausencia de lluvias para la mayoría no afecta a quienes tienen la capacidad de regar. «Esperamos muy buenos rendimientos tanto en soja como en maíz; son años en los que el efecto del riego paga la inversión. Bajo riego, en maíz son esperables rendimientos de 13 y 14 toneladas, y en soja de 5,5 toneladas», proyectó Rubio. Para los regadores, esto significa altos rendimientos con un mejor precio de maíz y, quizás, también de soja, en comparación con el año pasado. Para quienes no riegan, el girasol se ha convertido en la mejor opción sin riego, siendo un cultivo resistente a la sequía, relativamente económico de implantar y con un precio que, si se logran buenas concentraciones de aceite, puede alcanzar los US$ 600 por tonelada. Si la próxima siembra de invierno no falla y El Niño trae lluvias en la primavera, el sector sorteará esta coyuntura, a pesar de las tensiones por el aplazamiento de pagos, manteniendo las áreas de siembra gracias al crecimiento de las oleaginosas que compensan el retroceso de los cereales. No obstante, persistirá la fragilidad financiera, y Uruguay seguramente experimentará un retroceso exportador y un aumento de la inflación en los próximos meses, ya que la sequía impacta en rubros vegetales de consumo relevante, desde limones hasta tomates, cuyos precios ya han subido y podrían seguir haciéndolo. **Niveles de incertidumbre: marzo, un mes clave** Marzo será un mes determinante. Para la soja y los maíces tardíos, el resultado aún está en juego y se definirá en este período. ¿Se estabilizarán las lluvias en la fase final de los ciclos productivos? No es posible tener certezas climáticas más allá de los próximos 10 días. Se espera una lluvia más antes de que finalice febrero, pero ¿será suficiente? En tal caso, la incertidumbre y la preocupación respecto a la productividad se mantendrán por varias semanas más. En el mercado, se empieza a manejar la hipótesis de un rendimiento promedio nacional de soja que no superaría los 2.300 kilos, prácticamente una tonelada menos que el año pasado. Resta por ver cuánto más daño causará este verano de «Niña débil» pero de fuerte impacto. Para los maíces de secano que se cosechen, el rendimiento descenderá de 7.000 a 5.000 kg/ha. Las lluvias podrían salvar a los maíces más tardíos, y es factible que la soja logre recuperarse si marzo resulta ser un mes lluvioso (algo que no ocurrirá en la primera semana). Después de un 2025 con buenos rendimientos en trigo y cebada, pero con precios inferiores a US$ 200 por tonelada, se viene de una zafra de invierno muy cercana al punto de equilibrio para los cereales si el clima es favorable. La agricultura acumula zafras cercanas al empate, donde algunos ganan y otros pierden. La zafra de verano también estará próxima al punto de equilibrio solo para los mejores arroceros y, de forma contrastante, será favorable para productores de Río Negro, Paysandú, Salto y Tacuarembó, pero adversa en los mejores suelos de productores de Colonia, Soriano, San José o Canelones. Quienes logren un rendimiento aceptable de soja podrían recibir una cierta compensación por la firmeza sostenida de los aceites. Si el gobierno de Estados Unidos incrementa drásticamente el mandato de uso de biocombustibles, como se espera, la soja podría alcanzar los US$ 400 y compensar los costos de quienes logren 2.000 kg/ha. **Pérdidas a nivel país: cifras millonarias** A nivel macroeconómico, se podría estimar una facturación de maíz, en un año con buenas lluvias, de US$ 420 millones de dólares, proyectada sobre 300 mil hectáreas con un rendimiento promedio de 7.000 kilos. Esto generaría una producción de 2,1 millones de toneladas, que probablemente se habrían pagado a US$ 200 netos al productor. La facturación ideal sería de US$ 420 millones, pero debido a la pérdida de rendimiento y de área que no se cosechará, es probable que finalmente se ubique en unos US$ 360 millones. Se pierde área y rendimiento, aunque un mejor precio amortigua parcialmente el impacto. Con 250 mil hectáreas y un rendimiento promedio de 6.000 kilos, la facturación resultante generaría una producción cercana a 1,5 millones de toneladas para un consumo que ya supera ampliamente los dos millones de toneladas anuales. Este rendimiento promedio nacional de 6 toneladas es heterogéneo, derivado de los 5.000 kilos por hectárea asignables a la superficie de secano y un rendimiento de más del doble en las áreas con riego (aproximadamente 30 mil hectáreas según cifras oficiales), que aún son significativamente menores que las de secano, unas 270 mil como intención de siembra este año. Si los precios finalmente alcanzan la paridad de importación, más allá de los negocios pactados a US$ 210 a levantar, es factible que lleguen a US$ 240 a levantar. Y si el rendimiento, incluyendo los cultivos con riego, alcanza los 5.000 kilos sin riego, la facturación macro pasaría a ser el resultado de una producción de 1,25 millones de toneladas (250 mil hectáreas con un rendimiento de 6.000 kg a US$ 240 la tonelada). Hasta ahora, la agricultura, con un dólar por debajo de los $ 40, funcionó gracias a rendimientos excepcionales en el verano pasado, muy buenos rendimientos de trigo en la zafra anterior, buena calidad de cebada y oleaginosas de invierno que, como el girasol, tienen un precio internacional bastante despegado. Sin embargo, la actual coyuntura genera una fragilidad financiera instalada, y Uruguay seguramente experimentará un retroceso exportador y un incremento de la inflación en los próximos meses.

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